Nine Inch Nails - The Fragile (1999)

 

Si hubiese que hacer una lista de músicos en relación del tiempo invertido para crear y componer su trabajos con la calidad de los mismos, seguro que Trent Reznor que estaría en el puesto número uno. O al menos sin contamos únicamente su trayectoria durante su primeros 15 años al frente de Nine Inch Nails, ya que en los últimos tiempos parece haber espabilado publicando discos con más regularidad. Pero antes no era así. En los 90 los seguidores de la banda teníamos que esperar una media de cinco años para poder disfrutar de un nuevo LP, aunque Reznor seguía sacando material en forma de EP’s (imprescindible ese “Broken”) o en BSO (como en la de “Lost Highway” de David Linch). Por suerte, la espera siempre merecía la pena. Un bueno ejemplo es el doble álbum “The Fragile”, sin duda alguna (solamente discutible con “The Downward Spiral), su obra maestra.

 

Situémonos en el tiempo: En 1994, NIN publican su segundo disco “The Downward Spiral”, que gradualmente va alcanzado el éxito gracias a un desquiciante rock industrial que les pone en la cresta de la ola como una de las formaciones de la década. Para el recuerdo quedan momentos inolvidables como esa gira con su amadísimo David Bowie o el brutal show que ofrecieron en la edición de Woodstock 94 cubiertos de lodo, punto de inflexión que hizo que el disco comenzase a venderse como rosquillas. Pero el precio que del éxito le salió muy caro. Trent calló en el mundo de las drogas y en una espiral de depresión y oscuridad de la que le costó salir e incluso llegar a componer con facilidad. La catarsis de esta situación se tradujo en un álbum completamente opuesto a su antecesor. Menos directo y destructivo, “The Fragile” mostraba la otra cara de la moneda de Nine Inch Nails, la más experimental y tenebrosa.

En vez de darte la bienvenida con una bofetada en todos los morros como era “Mr. Self Destruct”, el primer volumen se abre con “Somewaht Damaged”, una pieza que va creciendo de manera inquietante hasta convertirse en un pepino imparable. Acto seguido,  “The Day The World Went Away” rompe con la idea de que el ritmo siga ascendente. Se trata de una de las canciones más terroríficas y espeluznantes que este genio haya creado. Un muro de guitarras cesa para que una melodía acompañada de piano y guitarra acústica supongan un remanso de paz antes de que vuelvan a atacar con unos coros que te hunden en la más profunda de las miserias.

Aquí es cuando empieza el viaje de verdad con canciones tan perfectas como retorcidas, dignas de la banda sonora de la peor de tus pesadillas. El binomio “The Frail” / “The Wretched”, así como “We’re In This Together” y “The Fragile” muestran los nuevos caminos que está tomando el grupo. Estructuras enrevesadas, oscuras, menos directas y con cientos de texturas y ambientes que deben de ser diseccionados con paciencia para su comprensión y disfrute, así como los momentos instrumentales que aquí también están a un gran nivel como la potente “Just Like You Imagined” o la misteriosa “La Mer”. Con la portentosa y épica “The Great Below” se pone fin a este primer disco de “The Fragile”.

El segundo CD recupera un poco el ritmo después de la escalofriante “The Way Out Is Trough”, con piezas como “Into The Void”, “The Big Come Down” o ese pepino que es “Starfuckers, Inc.”, que no abrían desentonado demasiado en “The Downward Spiral”. Aún así tampoco encontramos concesiones para los oídos que busquen algo fácil y que entre a la primera. Eso nunca sucede en el universo Nine Inch Nails y especialmente en este trabajo. Puede que la primera tentativa resulte insatisfactoria para alguien poco acostumbrado a este tipo de sonidos, e incluso que cause rechazo y desagrado. Pero créanme que este es uno de esos discos de los que requieren armarse de paciencia y de ser analizados con lupa. Una vez consigan traspasar la barrera, ya no habrá vuelta atrás.

 

 

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Pixies - Doolittle (1989)

 

Decía Kurt Cobain que cuando Nirvana grabaron “Nevermind” lo que intentaban era hacer su disco pop tomando como referencia el “Doolittle” de los Pixies. Si bien es cierto que ambos trabajos para nada son idénticos, si que es verdad que aquí encontramos algunos rasgos clave que luego vendrían a utilizar los de Seattle en su obra.

 

Y es que hablar de los Pixies es hablar de una las formaciones más importantes de la historia del rock alternativo y en especial de su líder Black Francis. Al igual que R.E.M., Jane’s Addiction, Red Hot Chili Peppers o Soundgarden, los de Boston también entran en ese grupo de bandas que en los 80 ya estaban allanado el terreno para la explosión del grunge y demás sonidos nuevos a comienzos de la década de los 90. En el caso de nuestros protagonistas, lo suyo era un pop rock con aires indie pero enfocado desde una particular visión que les hacía completamente diferentes y especiales.

Escuchando cosas como “Debaser”, “Tame” o  “Dead” uno ya se da cuenta de que a esta gente no le gusta ir por el camino fácil. Las estructuras, sin ser especialmente difíciles de pillar a la primera, si que se desprenden del estereotipo clásico de como debe de ser una canción pop. Si a eso añadimos lo bien que saben combinar las partes soft con las más cañeras y punk, la importancia del bajo así como la voz femenina de Kim Deal, un gran sentido de la melodía y el particular timbre de voz de Francis, nos encontramos con un combo que es capaz de regalarnos auténticos momentazos dignos de enmarcar.

 “Wave Of Mutilation” y “Gouge Away” son la antesala al grunge con una fuerza desgarradora.  “Crackity Jones” pone de manifiesto su vena más punk con una letra de lo más cómica. Piezas como  “There Goes My Gun”, “La La Love You” y sobretodo “Here Comes Your Man” deberían de haberles dado la oportunidad de sonar en las radios, por no hablar de todo un posible himno generacional como “Monkey Gone To Heaven”. Sin olvidarnos de la crudeza de la acústica “Silver” o esa maravilla que es “Hey” que a mí particularmente me emociona sobretodo en esa parte final. Intentar describirlo es nuevamente un ejercicio inútil para alguien que no se haya acercado a la magna obra de una de las bandas más grandes que haya dado América. Todo un clásico.

 

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Neil Young - Rust Never Sleeps (1979)

 

Ya iba tocando que por aquí habláramos de uno de los más grandes compositores de toda la historia del rock and roll y una auténtica leyenda viviente. Hablamos de Neil Young, un hombre que a sus 64 años puede presumir de una carrera musical de más de 40 años con un grandísimo nivel en casi todas sus etapas, siendo algunos de sus trabajos más recientes de una calidad sobresaliente.

 

Nacido en 1945 en Toronto, este canadiense destaca por moverse como pez en el agua en igualdad de condiciones en el formato acústico de cantautor tradicional como a la hora de rockear acompañado de su fiel banda Crazy Horse. Su discografía se podría dividir pues entre estas dos variantes, siempre dejando grandísimos trabajos en ambas como “Harvest”, “Comes A Time” o “Praire Wind” en la más relajada y “Ragged Glory” o “Living With The War” en la más contundente. Pero casi nunca ha conseguido combinar ambas facetas tan bien como lo hizo en “Rust Never Sleeps”, su álbum de 1979 que comentamos hoy.

En la década de los 70, Young estaba dejando auténticas obras maestras dentro la historia de la música americana. Era increible ver que alguién podía facturar discos del calibre de “Everybody Knows This Is Nowhere”, “After The Gold Rush”, “Harvest”, “Zuma”, “Tonight Is The Night”, “On The Beach” de manera consecutiva. Para finalizar la década, nuestro hombre se reservó uno de sus trabajos más especiales, entregando un disco cuya primera cara era completamente acústica y la segunda eléctrica, con algunas de las mejores canciones que jamás haya escrito.

La primera cara se abre de manera significativa con “My My, Hey Hey (Out Of The Blue)”, que con uno simples acordes ya consigue emocionar acompañado de una harmónica que suena a gloria. Le siguen cuatro de las canciones más hermosas que haya entregado en su basta trayectoria destacando la majestuosa “Thrasher”, de una sencillez cautivadora gracias a sus magnificas melodías en los fraseados que solo un genio es capaz de hacer. “Pocahontas” se mueve por idéntico camino en un tema que deja bien a las claras la buena relación que tiene el canadiense para con los nativos americanos.

Finalizado el set acústico, Crazy Horse se unen a la fiesta para destripar riffs en canal a base de toneladas de distorsión saturada. Aunque la transición con “Powderfinger” es bastante suave, pero a partir de ahí ponen los amplis a prueba con “Welfare Mothers” (gran riff y con un ritmo muy divertido) y “Sedan Delivery”, combinando partes más rápidas que contrastan con parones lentos y atmosféricos. Y para cerrar el disco no encontramos la versión guitarrera de la canción que abría el álbum, “Hey Hey, My My (Into The Black)” en la que la guitarra de Neil echa humo en unos solos carentes de una gran técnica que es suplida con una pasión y entrega incontestables.

Es difícil destacar tan solo un disco entre tantos magníficos trabajos, pero sin duda alguna es “Rust Never Sleeps” el que mejor puede dar a entender a un no iniciado lo que significa la música de este auténtico genio. Siempre grande.

 

 

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A Perfect Circle - Thirteenth Step (2003)

 

Supongo que ni el propio Billy Howerdel se habría podido imaginar que llegaría tan lejos cuando un buen día decidió mostrarle un par de canciones en las que estaba trabajando a Maynard James Keenan, vocalista de Tool. Hasta aquel entonces, Howerdel no era más que un simple roadie que había tenido la suerte de trabajar para grupos como los propios Tool, Nine Inch Nails o The Smashing Pumpkins. Pero fue tal el entusiasmo que mostró Maynard al escuchar aquellas composiciones, que rápidamente decidieron formar un grupo.

 

Tiraron de agenda y se les unieron Troy Van Leuween a las guitarras, Paz Lechantin al bajo y Josh Freese a la batería. Semejante alineación presentó en el año 2000 su disco de debut, “Mer De Noms”, una suerte de rock alternativo con aires oscuros que les alejaba de los parámetros de Tool, siendo estos más sencillos y accesibles aunque conservando ese halo de misterio que siempre rodea a un personaje como Keenan. Piezas como “The Hollow”, “Judith” o “3 Libras” consiguieron buena crítica tanto por parte de los medios como del público. Lo que hizo que su segunda entrega tuviese tanta expectación como la de un disco de Tool.

Tras cumplir Maynard sus compromisos con la gira de presentación de “Lateralus”, la banda volvió a meterse en el estudio con dos caras nuevas: James Iha, ex guitarrista de Smashing Pumpkins, y Jeordie White (más conocido como Twiggy Ramirez), ex bajista de Marilyn Manson. El resultado fue “Thirteenth Step” uno de los mejores discos de los últimos diez años, una auténtica maravilla para los oídos. Menos contundente que su debut, pero muchísimo más profundo lleno de matices, que hacen que su escucha supongo casi un viaje sensorial.

Puede que aquí no hubiese tantas canciones que entrasen a la primera pero ahí reside el encanto de este disco, que debe escucharse muchas veces con los cinco sentidos puestos en la música para llegar a entenderlo y disfrutarlo. Solo así, es posible deleitarse con delicatessens como “The Package” que abre el álbum de manera lánguida, casi dubitativa, pero que cuando menos te lo esperas suelta un zarpazo en forma de riff agónico para devolverte nuevamente a la calma. En una línea parecida se mueve “Vanishing” (casi instrumental, un auténtico viaje a otro universo) o “The Noose” con uno de los crescendos más brillantes que he escuchado nunca y un Keenan que se muestra más cercano, más sincero, más humano, algo que confirma en las acústicas “A Stranger” y “The Nurse Who Loved Me”.

Los que busquen algo más directo e inmediato tendrán que conformarse con todo un temazo como “The Outsider”, el momento más duro del disco. Porque aquí lo que priman es la belleza de las composiciones en si más que la contundencia y el riff fácil y a la cara. En “Blue” o “Weak And Powerless” encontramos perfectamente esto que digo así como en la final “Gravity”.

Un año después apareció “eMOTIVe”, un disco de versiones de clásicos sobre el amor y la paz donde le daba la vuelta de manera magistral a temas como “Imagine” de Lennon o “What’s Going On” de Marving Gaye. De esta manera el grupo finalizaba su contrato con Virgin, dejando el camino libre de compromisos  para sus miembros y la incertidumbre sobre si algún día volverían a reunirse. De momento Maynard sigue centrado en Tool a la espera de un nuevo disco y Howerdel publicó en 2008 su debut en solitario como Ashes Divide, que se podría considerar la continuación natural de APC pero que no acabó de convencer a casi nadie a pesar de tener grandes momentos. Habrá que esperar a que estos dos genios se reúnan para poder seguir disfrutando de una banda que no hace más que crecer su culto y admiración a cada día que pasa.

 

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Drive-By Truckers - The Dirty South (2004)

 

Hablar de Drive-By Truckers es hablar de uno de esos grupos de los que ya no quedan en la actualidad. De los que, con apenas 14 años de existencia, se pueden considerar  unos clásicos de nuestro tiempo y merecedores de aparecer con letras doradas en la historia del rock and roll americano. ¿Sus meritos? Haber publicado cinco discos sobresalientes (por no llamarlos obras maestras) en los últimos diez años, superándose a si mismos en cada nueva entrega con espíritu del que solo los más grandes pueden presumir.

 

Patterson Hood y Mike Cooley (fundadores, líderes y principales compositores de la banda) han sido los que han ido tirando del carro de esta ya institución durante todo este tiempo. Pero si hubo un momento en el que la formación empezó a subir hacía arriba, fue con la inclusión de un joven talentoso llamado Jason Isbell que empezó a aportar sus propias canciones. Tras el excelso “Southern Opera Rock”, publicaron otra maravilla como “Decoration Day”, en el que Isbell entraba por la puerta grande gracias a títulos como “Outfit” o la propia “Decoration Day”.

Su siguiente paso fue “The Dirty South”, un disco que al igual que el resto de su discografía desprende ese aire oscuro, relatándonos historias de sur profundo y el imaginario popular de Estados Unidos. Considerado por muchos de sus seguidores como su obra maestra, aquí los tres compositores principales muestran un nivel altísimo y de gran calidad como suele ser habitual en ellos.

Cooley nos recibe con la potente y mal encarada “Where The Devil Don’t Stay”, en la que las guitarras ya comienzan a sonar furiosas. Un poco más adelante, se encarga de mostrar el lado más amable y positivo de los camioneros en “Carl’s Perkins Cadillac” e Isbell hace lo propio con la tremenda “The Day John Henry Died”. Un temazo de puro rock americano en toda regla.

Pero si alguien sobresale por encima de todos es el enorme Patterson Hood, que en este “The Dirty South”, entrega alguna de las composiciones más conmovedoras que haya escrito, como la acústica “The Sands Of Iwo Jima”, la estremecedora “Puttin’ People On The Moon” (¡ese falsete en el estribillo pone los pelos de punta!), sin olvidarse de rockear con la portentosa “Lookout Mountain” con un arsenal de guitarras capaz de parar una manada de elefantes.

Y ya para rematar, Isbell vuelve a deleitarnos con dos joyitas: “Never Gonna Change” y “Goddamn Lonely Love”. La primera es la perfecta definición del grupo, es decir, guitarras bien engrasadas con una lírica que deja en ridículo al 90% de los grupos actuales. Y la segunda es una bonita balada country dedicada a su esposa Shoona Tucker, bajista del grupo, y que sirve para poner punto y final a todo un señor discazo.

Por desgracia, tras la publicación de “A Blessing And A Curse”, Isbell abandonó los Truckers para comenzar su carrera en solitario, pero como ya hemos dicho al principio, estos tíos están hechos del mismo material que gente como Neil Young o Tom Petty. No saben de mediocridades. “Brighter Than Creation’s Dark” fué su continuación y otro clásico más que añadir en su haber. En marzo de este mismo año, a buen seguro que tendrán que ir haciendo hueco para otro más.

 

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Sôber - Synthesis (2001)

 

Ahora que el anuncio de su vuelta es oficial y gran parte de la comunidad rockera está esperando a que llegue mayo para poder disfrutar de su vuelta a los escenarios, no está de más recordar los inicios de una de las bandas más grandes que ha dado este país. Puede ser que hasta tu vecina en su día conociese temas como “Diez Años”, “Arrepentido” o “La Nube”, pero quizás no todos aquellos que conocieron a Sôber a raíz de “Paradysso” se molestaron en ver lo que había antes de que la banda de los hermanos Escobedo apareciese en los 40 y copase las listas de ventas junto a los triunfitos y demás artistas insustanciales.

 

Y es que, como casi cualquier hijo de vecino en este país, Sôber tuvieron que tragarse sus años de carretera y tocar en garitos de mala muerte para cuatro gatos. Afortunadamente tuvieron suerte al fichar más tarde por la multinacional Universal, pero al principio la idea de hacer una música que se alejase de todos los tópicos del rock cantado en español, tomando influencias de grupos extranjeros como Tool, que apenas aquí nadie conocía en ese momento, no parecía la opción más segura. Aún así sus dos primeros discos para la discográfica independiente Zero Records ya causaron cierto revuelo en el underground del panorama nacional.

Con su segunda entrega, “Synthesis”, se acercaban aún más al grupo de Maynard James Keenan, facturando una obra oscura y personal aunque no tan compleja como la de los americanos. Para muchos de sus seguidores este es su mejor disco, y resulta cuanto menos curioso cuando se trata de un trabajo totalmente opuesto a “Paradysso”. Más crudo, con una producción no tan pulida, y como ya hemos dicho, mucho más oscuro y difícil de captar a la primera para aquellos acostumbrados a lo que suena en las radios.

El primer tema “Versus”, suena a Sòber, si, pero más deprimidos, más tristes. Con un Carlos Escobedo perfecto a las voces dan con una canción perfecta de tintes góticos con un piano marcando las estrofas que le da un aire particular. Le sigue otro de los títulos más míticos de su repertorio, “Vacio”, en el que se acercan más que nunca Tool. Nuevamente la oscuridad se apodera de la banda gracias a un gran trabajo a las guitarras de Jorge Escobedo y Antonio Bernardini entretejiendo una atmosfera siniestra e inquietante.

También saben mezclar riff más contundentes con esos pasajes más tranquilos, como muestran en “En El Espejo” o “Esfera”. Las guitarras suenan de muerte y Carlos vulva a clavarlo en ambos estribillos. Más directa es “Oxigeno”, otro clásico en el que la batería de Alberto Madrid deja patente su poderío. Desgraciadamente, un accidente mortal de tráfico en Noviembre de 2006 nos privó de seguir disfrutando de uno de los mejores bateras que ha dado este país.

Finalizando encontramos “Adios”, una pieza que contrasta con el resto por su tono más pausado y melódico, con una sección de cuerda que vuelve a poner de manifiesto su gusto por el rock gótico, en una pieza que sirve de homenaje a un amigo fallecido.

Mientras hacemos la cuenta atrás para que lleguen esas fechas tan deseadas y podamos volver a disfrutar de su tremendo directo, seguiremos repasando obras capitales en la historia del rock de este país como este “Synthesis”.

 

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Manic Street Preachers - Generation Terrorists (1992)

 

La rivalidad musical entre Estados Unidos y Reino Unido siempre ha existido desde el principio de los tiempos: Si los británicos en los 60-70 podían presumir de tener a grupazos como The Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppelin o The Who, los yanquis no tenían nada que envidiarles ya que tenían a The Doors, Bob Dylan, The Jimi Hendrix Experience o Creedence Clearwater Revival. Otro buen ejemplo fue el nacimiento del grunge al que los ingleses respondieron con el brit pop. En esta misma época encontramos a nuestros protagonistas de hoy, Manic Street Preachers, que en su primera época podríamos definir como la respuesta de las islas ante la que era la banda de rock más grande del planeta en aquel momento: Guns N’ Roses.

 

Ya desde antes de publicar su primer largo, los galeses se mostraron como una formación provocativa. Mostraban una imagen andrógina, se declaraban abiertamente socialistas y defensores de la clase trabajadora, inspirándose en textos de grandes plumas como George Orwell o Friedrich Nietzsche. Musicalmente eran el cruce perfecto entre el espíritu punk de los Sex Pistols, la potencia de Guns N Roses, pero aún así conservaban esas melodías perfectas que tan bien se les han dado siempre a los británicos.

Así pues en su debut “Generation Terrorists” encontramos 18 cortes de puro hard-punk-rock que en ningún momento bajan el nivel. Las guitarras a cargo de James Dean Bradfield están presentes a lo largo de todo el disco, deleitándonos con piezas como “Slash N Burn”, “Another Invented Disease” (gran riff y mejor estribillo), “You Love Us”, “Born To End”, “Love’s Sweet Exile”, en la que combinaba perfectamente la energía punk con estribillos impecables, que combinaba con otras piezas igual de certeras pero con un peso más melódico si cabe.

 Buen ejemplo es “Motorcycle Emptiness” que se convirtió en la canción con más éxito comercial de este álbum (aunque personalmente me parece la peor del disco, demasiado repetitiva) o “Little Baby Nothing”, una bonita pieza comandado con acústica y piano sobre la que canta la actriz Traci Lords. En una línea parecida se mueve “Spectators Of Suicide”. Ideales para dar un pequeño contraste a canciones más furiosas (“Damn Dog”) o ese enérgico final que es “Condemned To Rock ‘N’ Roll”, redondeando así uno de los mejores discos de los 90.

No consiguieron arrasar en Estados Unidos como presumían en sus declaraciones (afirmaban que llegarían a vender más que “Appetite For Destruction”, llenarían Wembley tres noches seguidas y después se separarían), pero aún así el éxito en Reino Unido fue enorme. Más tarde publicaron dos discos más entre los que cabe destacar el genial “The Holy Bible”.

El 1 de febrero de 1995 el guitarrista y principal letrista del grupo, Richey James, desapareció misteriosamente y desde entonces nada se ha vuelto a saber de él. El año pasado se le declaró oficialmente muerto. A pesar de de ello, los Manic decidieron continuar su carrera, ofreciendo discos más reposados que en sus inicios pero de igual calidad como el excelente “Everything Must Go On”, el primero desde la desaparición de James.

 

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Social Distortion - White Light, White Heat, White Trash (1996)

 

Si a priori hacer un disco de simple rock and roll no debería ser tarea demasiado fácil, hay a algunos que les lleva años y años de trabajo. Eso sí, poco pueden presumir de emplear tan bien el tiempo como el señor Mike Ness. En 30 años de trayectoria con Social Distortion, solo ha publicado 6 discos de estudio, pero todos ellos pueden ser considerados como auténticas obras maestras, que a pesar de escucharlas una y mil veces jamás cansan.

 

Su última referencia data del lejano 2004, y su predecesor, el enorme “White Light, White Heat, White Trash”, se remonta ocho años antes. Una idea de lo perfeccionista que es Ness a la hora de dar por finalizado un disco, aunque ambos álbumes se concibieron en situaciones distintas. Si  “Sex, Love & Rock N Roll” transmitía un aire más positivo en las letras, antes eran sus demonios personales y sus problemas con las drogas su principal inspiración en los textos.

En el disco que hoy nos ocupa, encontramos a un músico que utiliza sus canciones para narrarnos sus propias experiencias. Canciones como “Dear Lover”, “Untitled” o “I Was Wrong”, en la que se da cuenta de sus errores pasados, desprenden una honestidad pocas veces vistas, mientras que “Don’t Drag Me Down”, “Down On The World Again” son fieros ataques al siempre problemático panorama mundial. Aunque también hay lugar a la esperanza en la genial “When The Angels Sing”.

Musicalmente lo que aquí encontramos es puro punk-rock bañado con el espíritu más clásico. Algo así como un cruce entre The Clash y Johnny Cash. Lo que hace a Social Distortion un grupo con una personalidad y estilo únicos. Aunque en está ocasión la producción a cargo Michael Beinhorn les da un toque más duro que les acerca un poco al hardcore de los 80 en sus inicios, pero conservando la esencia que ha hecho tan grande y querida a la formación. Así pues, las guitarras escupen toneladas de distorsión y la batería de Chuck Biscuits nunca había sonado con tanta pegada, lo que lo convierte en álbum más duro de toda su discografía.

Mientras que esperamos a que Mike Ness y el resto de miembros se decidan a entrar en el estudio para ofrecernos otra obra maestra del punk rock, nos conformaremos con seguir deleitándonos con discazos como este.

 

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Oceansize - Everyone Into Position (2005)

 

A pesar de que el Reino Unido siempre se ha dedicado a generar bandas de ese género tan aburrido y previsible (con sus excepciones, claro) como es el brit pop, a nivel menos mainstream estos últimos años ha despuntado una interesante escena de rock alternativo en la que podríamos destacar a grupos tan dispares como Biffy Clyro a la cabeza, Hundred Reasons los tristemente separados Reuben o los más orientados a un sonido post rock como Aerogramme, Amplifier o los protagonistas de nuestra primera entrada del año: Oceansize.

 

Surgidos hace ya 12 años en Manchester, este quinteto que cuenta con tres discos en el mercado (con un cuarto que saldrá este mismo año) así como varios EP’S se mueve por un post-rock de tintes progresivos que les permiten asociarse al sonido de grupos como Porcupine Tree, Cave In o Radiohead. Todo ello da forma a un estilo particular donde la música fluye de manera natural.

A pesar de que con su primera entrega “Effloresece” tuvieron buen repercusión dentro de los círculos del alt. rock, podríamos decir que fue con este “Everyone Into Position” cuando empezaron a capturar la atención de seguidores en todo el mundo, a pesar de que no son una formación que cope las portadas de las revistas especializadas. En este segundo trabajo podemos encontrar canciones que van desde la más cautivadora tranquilidad hasta estruendos ejecutados de manera potente y sin concesiones. Y ahí reside la gracia de un grupo como Oceansize, que sabes cómo empiezan un tema pero no tienes ni idea de por donde va a transcurrir, y mucho menos el siguiente.

Así pues, la apertura de “The Charm Offensive” se nos presenta como inquietante y misteriosa, como si algo te esperase a la vuelta de la esquina, y así cuando hacia el final el tema estalla de manera apoteósica. “Heaven Alive” destaca por un potente y majestuoso estribillo dando muestras de que pueden tener sus momentos más accesibles sin renunciar a la complejidad. “Homage To A Shame” es una inesperada bofetada que los acerca a sus colegas Cave In. En “Meredith” podemos encontrar ecos a los Radiohead de “Kid A”, asi como en la preciosa “Music For A Nurse” exploran de manera magistral los registros de gente como Sigur Rós. En “New Pin” vuelven a descolocarnos con una exquisita pieza que les acerca al pop con tintes electrónicos… y así podría seguir desgranando  el resto de temas que componen esta maravilla sonora ideal para dejarse llevar por los sentidos.

Por lo tanto lo mejor que puedo hacer es dejar de intentar describir a que suena este “Everyone Into Position” e invitaros a que lo descubráis por vosotros mismos y así conocer a una de las bandas más interesantes salidas de Inglaterra en los últimos diez años.

 

 

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Black Joe Lewis & The Honeybears - Tell 'Em What Your Name Is! (2009)

 

Si bien no ha recibido tanta atención por parte de los medios como Eli “Paperboy” Reed, podríamos decir que la gran sorpresa del soul de este año ha sido la de Black Joe Lewis y sus Honeybears, alimentando más aún si cabe el interés por el revival de estos sonidos retros.

 

Curiosamente, nuestro protagonista viene de un lugar tan extraño para formar una banda de funk-soul-rock como es Austin, Texas. Pero a pesar de que su música nada tiene que ver con el country tradicional de la zona, sí que hay algo de aroma sureño en su debut “Tell 'Em What Your Name Is!”, sobre todo en sus letras sobre mujeres despechadas. Para que os hagáis una idea, si “Roll With You” es el álbum perfecto para una velada a solas con una hermosa dama, el primer disco del señor Joe Lewis es la banda sonora para una noche de juerga y golfeo desenfrenado. En resumidas cuentas, Lewis es a James Brown lo que Eli Reed a Otis Redding a día hoy.

Porque su estilo para nada es amable y sensible, sino que te sacude desde el primer instante a base de un potente rock soul donde piezas imparables como “Gundpowder”, “Sugarfoot” o “Booby Booshay” te hacen mover los pies a un ritmo frenético. Por no hablar de burradas como “Boogie” donde se acercan a un punk salvaje.

Pero algo de clase conserva para regalarnos piezas como “I’m Broke” o “Get Yo Shit”, aunque están lejos de ser temas amables. Su fuerza vuelve a quedar demostrado en el portentoso cierre de “Please Pt. Two” con la banda al completo poniendo el resto para redondear media hora de sonidos negroides en estado puro.

Puede que al principio les dé la sensación de duro o tosco, pero ahí reside su encanto y a poco que le den un par de oportunidades empezarán a ver que este chaval puede hacer cosas interesantes en futuro. Sin lugar a dudas estamos ante la formación más canalla de la nueva oleada del revival soul.

 

 

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