
A pesar de nunca se les encasilló dentro de alguno de los movimientos musicales de los 90 como el grunge, el revival-punk o el nu-metal, R.E.M. fueron una de esas bandas que ayudaron enormemente al desarrollo de rock alternativo. Ya desde sus inicios en los 80, habían empezado a sembrar esa semilla de la cual recogerían su frutos merecidamente en los años venideros, del mismo modo que gente como los Pixies o Mudhoney habían allanado el camino para que después Nirvana pusiese todo patas arriba (aunque musicalmente no tuviesen nada que ver y que no consiguieran la misma popularidad).
Centrándonos en el combo de Athens, Georgia, su carrera se había desarrollado de manera ejemplar, pasando de la independencia a firmar con la multinacional Warner. En ambos casos consiguieron fabricar excelentes tratados de pop-rock como “Document”, “Green” o “Out Of Time”, este ultimo les catapultó al estrellato mundial gracias al single “Losing My Religión”, una de las canciones más radiados de la historia, con el que vendieron alrededor de diez millones de copias en todo el mundo.
Tras semejante éxito, se esperaba con ansiedad la continuación y en contra de lo que todos esperaban, un disco repleto de singles pegadizos e inmediatos para las FM, los chicos de Michael Stipe se desmarcaron con un trabajo de reminiscencias acústicas, cambiando el pop enérgico de sus inicios por el sonido americana. A pesar de que a priori podría considerarse un disco con pocas posibilidades comerciales, el álbum funcionó muy bien a nivel de ventas.
Y es que a pesar del tono oscuro y austero de piezas como la inicial “Drive”, “Sweetness Follows”, “Monty Got A Raw Deal” o “Find The River”, R.E.M. seguían siendo uno hachas a la hora de encontrar melodías memorables. “The Sidewinder Sleeps Tonite” (la única concesión al pop abiertamente de todo el minutaje) y “Man On The Moon” seguían siendo canciones que entraban a la primera, pero de igual manera ahora habían eran capaces de crear bellas piezas como “Nightswimmimg”, “Try Not To Breathe” o la maravillosa “Everybody Hurts” (ese final épico!) donde la voz Michael Stipe es la principal protagonista dotando al disco de un sinfín de matices. Únicos.
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La manera en la que se inspiran los músicos a la hora de escribir sus obras siempre ha resultado, cuanto menos, curiosa. Los hay que buscan la inspiración en los relatos de aventuras, el mar, el diablo, la carretera… o incluso, y es el caso del grupo que hoy nos ocupa, el espacio exterior. En esta ocasión, Cave In decidieron rendir homenaje al planeta más gigantesco de todo el sistema solar, y la verdad es que la calidad de este “Júpiter” debería ser comparada proporcionalmente con las dimensiones del planeta en cuestión.
La sensación de estar flotando en medio del espacio es constante a lo largo del minutaje. Aquí se conjuga un sonido acorde a lo que cabría de esperar: estruendoso en las partes más duras y atmosférico en las más calmadas. Es algo que queda demostrado en cortes como la inicial “Jupiter” o “Big Riff” con un trabajo impresionante por parte de los cuatro miembros de la banda. Guitarras cristalinas a la par que duras, una potente sección rítmica, y una voz que sabe adaptarse perfectamente según requiera la situación.
Ante lo que cabría imaginar ante un disco de “space rock”, los temas no hacen que en ningún momento el disco se vuelva tedioso o aburrido sino que se desarrollan con naturalidad y fluidez. Ejemplos perfectos de esto son “In The Stream Of Commerce” (mi preferida de todo el conjunto) la final “New Moon” (inmejorable cierre) o la fabulosa “Réquiem”, pieza central de la obra, de extensa duración pero que Cave In construyen a fuego lento dando así un temazo de proporciones bíblicas. El mejor tema que representa el espíritu del álbum. De todas maneras y aunque las canciones funcionan perfectamente por si solas, aquí se debe reivindicar el disco como una obra total para llegar a comprenderla en toda su grandeza.
Como hemos dicho antes, un verdadero viaje más que un disco, con momentos experimentales muy inspirados pero que en ningún momento se hacen cuesta arriba, pariendo así un disco de culto que se me antoja imprescindible para cualquier seguidor de bandas como Muse o Deftones en pleno siglo XXI.
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Ya lo dijimos hace unos cuantos meses y ahora volvemos a repetirlo: A día de hoy no hay ningún grupo español al nivel de Berri Txarrak. El conjunto Navarro ha venido a confirmar por enésima vez su potencial por encima del resto con su nuevo trabajo “Payola”, su primera referencia para el todopoderoso sello de metal Roadrunner.
Si ya la creación del anterior “Jaio.Musika.Hil” resultó una prueba a superar por la salida de su antiguo guitarrista Aitor Oreja y la conversión del cuarteto a trío, ahora la banda tenía que hacer frente a la baja de Rubio, su bajista de toda la vida. Lejos de desanimarse, Gorka (voz y guitarra) y Aitor (bateria) siguieron trabajando en nuevas canciones y reclutaron a David González de Cobra, que lejos de ser una mera sustitución ha dado una vuelta de tuerca más al sonido de los de Lekunberri.
“Payola” representa todas las caras conocidas de Berri Txarrak, pero también las que ya se dejaban intuir en discos anteriores. “Folklore”, “Gure Dekadentziaren Onenean” o “Achtung” muestran sus raíces más hardcore con contundencia, a la vez que “Maravillas” y “Hasi Eta Bukatu” habrían encajado muy bien en “Jaio.Musika Hil”.
Pero lo que verdaderamente destaca, y ahí es donde más se ha notado la mano del nuevo miembro, es en los riffs de ascendencia stoner y más pesados dignos de bandas como Black Sabbath, Down (“Dortoken Mendean”, “Etorkizuneko Aurrekari Guztiak”) o Kyuss (“Jainko Ateoa”), pero sin olvidar esas melodías marca de la casa que siguen haciendo que sus canciones cuenten como himnos.
Resulta difícil valorar tan pronto si este podría ser el disco definitivo de Berri Txarrak, pero de lo que no hay duda alguna es que una vez más han hecho un disco que les sitúa en lo alto del panorama nacional, que ya se les está empezando a quedar pequeño. Ahora solo queda ver como funcionará a nivel internacional.
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Resulta curioso ver como un disco en su momento casi anecdótico como lo fue “The Winding Sheet” supuso el primer pilar de la solida carrera en solitario de Mark Lanegan. Aquel LP editado en 1990 suponía su primera muestra de creatividad fuera de su banda de toda la vida, los nunca suficientemente valorados Screaming Trees. Su propuesta resultaba completamente opuesta a las guitarras estridentes y el rock potente que practicaba junto a los hermanos Conner, influenciado por el blues y el folk más oscuro que casaban a la perfección con su tenebrosa y profunda voz.
Cuatro años más tarde llegaría la confirmación de que aquel trabajo no fue un simple pasatiempo y que Lanegan en solitario podía resultar tan interesante o más que los Trees. “Whiskey For The Holy Ghost” se convirtió en casi una pequeña joya de culto dentro de la escena grunge y que a día de hoy es considerado como uno de sus mejores trabajos. Se trata de una colección de temas en los que Mark nos abre su alma de par en par y encara sin tapujos sus problemas con el alcohol y las drogas con una sinceridad y honestidad casi impropias de un personaje tan misterioso como lo es él.
Acompañado casi únicamente por la guitarra de Mike Johnson, Lanegan va desgranando poco a poco un repertorio de piezas de una belleza sin igual. La sencillez de cortes como “The River Rise”, “Kingdoms Of Rain” o “El Sol” es tan asombrosa como la propia voz de Mark que llena la canción de cientos de matices y detalles. En “Borracho” encontramos el tema más rockero de todo el disco, pura fuerza contenida al servicio de un hombre que se lamenta por los errores cometidos en el pasado, contrastando con la melancolía de “House A Home” o la sensualidad de “Sunrise” donde los coros femeninos y el saxo lo convierten en un tema nocturno idóneo.
Años después el de Seattle sigue facturando grandes obras ya sea en solitario o en colaboraciones con sus amigos (Isobell Campbell, Soulsavers o con Greg Dulli al frente de The Gutter Twins). En estos momentos se encuentra inmerso en una gira europea por pequeñas salas interpretando su catalogo en un formato completamente acústico, lo que debería ser una señal de que empieza preparar su siguiente álbum en solitario desde el ya lejano y también sobresaliente “Bubblegum”.
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Si hace un par de días actualizaba con el grandioso “London Calling”, hoy toca hacerlo con el que podríamos llamar su sucesor en los 90.
Después de dos sobresalientes tratados de street-punk, Rancid se confirmaron como una de los mejores combos de punk de la nueva oleada que se estaba llevando a cabo en el arranque de la década de los 90. Desde el sello Epitaph estaban comenzando a salir excelentes grupos como Bad Religion, NOFX, Pennywise, los propios Rancid o The Offspring. Estos últimos fueron los que más éxito cosecharon gracias a su tercer álbum “Smash”, que llegó a vender más 8 millones de copias. Debido a ello, fueron varias las grandes discográficas multinacionales que intentaron hacerse con los servicios de varias de estas bandas, entre ellas nuestros protagonistas, que prefirieron no dar el salto al mainstream por miedo a una reducción de libertad creativa. Pero dejémonos de historias y vamos directos al disco.
Como he mencionado antes, este podría ser perfectamente el “London Calling” de los 90. Al igual que la obra definitiva de The Clash aquí encontramos 19 cortes donde el punk de 77, el rock y el ska se dan la mano para crear una colección de himnos prácticamente insuperable. No llega al nivel de eclecticismo de los de Strummer y cia, pero ni falta que hace. Cuando va pasando el minutaje y te das cuenta de que no dejan de salir temazos uno detrás de otro, no puedes pedir más. Desde el tremendo inicio matador con “Maxwell Murder” (tremendo solo de bajo por parte de Matt Freeman, sobresaliente e imaginativo a lo largo del disco) es imposible no rendirse a cortes tan míticos dentro del punk-rock como “Roots Radical”, “Ruby Soho”, “Journey To The End Of East Bay” (otra vez el bajo de Freeman), “Time Bomb” (ese toque ska) o “11th Hour” (puro The Clash) o mi favorita del álbum “Lock, Step & Gone”.
La variedad y el dinamismo que dan las dos voces de Tim Armstrong y Lars Frederiksen es uno de los grandes aciertos del álbum, ya sea por separado o en un mismo tema. Por otro lado comentar el titulo de la obra, el cual hace referencia a los intentos de las grandes discográficas por hacerse con sus servicios, y la genial portada que sirve de homenaje a una de las grandes bandas de hardcore de los 80, Minor Threat.
Una colección irrepetible de temas que a poco que les des dos escuchas te serán imposibles de olvidar. Uno de los discos definitivos del genero en la pasada década.
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Tengo que empezar esta entrada diciendo que no soy muy amigo de la música electrónica y casi todo lo relacionado con ella. Musicalmente, he crecido con grupos de rock que siempre utilizan la base instrumental de toda la vida (guitarra, bajo, batería), por lo que ver como hay grupos que solo utilizan una maquina o un ordenador para hacer música siempre me ha resultado muy frio, no me transmite nada. Llamenme anticuado o que tengo prejuicios estúpidos. El caso es que, como siempre, hay excepciones y en este caso se trata de los ingleses The Prodigy.
Curtidos en los 90 en las fiestas rave inglesas, la banda formada por los cantantes Keith Flin y Maxim Reality junto a Liam Howlett (autentico líder, motor y cabeza pensante del grupo) fue elaborando su particular estilo para reventar las pistas de baile, mezclando el Drum N Bass con el electropunk y ritmos cercanos al rock, lo que en 1994 les llevó a grabar uno de los discos de culto dentro de la escena como es “Music For The Jilted Generation”, que contenía pistas tan bailables como anfetaminicas del calibre de “Poison” o “Voodoo People”. A partir de ahí obtuvieron un mayor reconocimiento que les llevó a girar por todo el mundo liderando festivales tan prestigiosos como el Lollapalooza o actuar en la mismísima Plaza Roja de Moscú.
Pero no fue hasta tres años después cuando dieron la campanada definitiva con la que se podría considerar su obra maestra definitiva: “The Fat Of The Land”, un álbum más directo, más agresivo y, porque no decirlo, también más comercial (en el sentido de ser más accesible) dejando de lado su vertiente más underground para poner a bailar a todo dios. Al igual que grupos de otros estilos como pudiesen ser Metallica o The Offspring, The Prodigy consiguieron enganchar a todos aquellos que renegaban de la música electrónica, debido a que sus canciones adquirían un ritmo más adaptado al rock.
Y es que a ver quién era el guapo que se resistía a los imparables beats de “Funky Shit” o “Fuel My Fire”. Por no hablar de un trio de singles que se encuentran entre los más míticos de los 90 como “Breathe”, “Smack My Bitch Up” (impagable ese videoclip!!!) y sobretodo “Firestater”, un tema que hasta el más metalhead del bar se ponía a bailar como si la vida le fuese en ello.
Después han editado otros dos trabajos en los que su popularidad y calidad para nada ha decaído, pero desde luego que nunca han vuelto a resultar tan rompedores como lo hicieron en esta obra maestra de la electrónica imprescindible en tu colección tanto si eres seguidor de este estilo como si no.
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En estos días en que parece que la música soul es un estilo que nació el día que Amy Winehouse publicó “Back To Black”, es más que necesario reivindicar a una de esas bandas que llevan años ganándose el pan a base de carretera, tocar en salas pequeñas e ir mejorando disco a disco y no haber sido producto de laboratorio de una multinacional… Estoy hablando de los geniales The Bellrays, uno de los grupos más especiales que uno se pueda encontrar hoy en día.
Formados a principios de los 90 y con ocho discos a sus espaldas, The Bellrays practican un estilo que podríamos etiquetar como soul-rock garagero (imaginaos a Aretha Franklin cantando en MC5 y os haréis una idea de por donde van los tiros). El sonido negro lo pone su cantante, la impresionante Lisa Kekaula, que además también es pareja fuera del escenario con el bajista y fundador de la banda Bob Vennum.
El disco que hoy nos ocupa es considerado si cima creativa hasta la fecha, o por lo menos un punto de inflexión en su carrera. Hasta la publicación de “Have A Little Faith”, The Bellrays se había caracterizado por facturar discos de corte agresivo y sucio en los que el único contrapunto era precisamente la voz de su cantante. Es con este álbum publicado en 2006 cuando deciden dar un paso de gigante en cuanto a sonido e ideas, empezando por una mejor producción y sobretodo por acercarse más que nunca a géneros propios de la música negra.
Esto es algo que se aprecia desde el primer segundo cuando empieza “Tell The Lie”, tema que abre el disco con un suave “wah-wah” 100% funky, al que se le van añadiendo coros soul y hasta un saxofón mientras Lisa hace muestra de su buen hacer en las tareas vocales. Por el mismo camino nos encontramos con temas exquisitos como “Everyday I Think Of You”, “Have A Little Faith In Me” o esa joya de canción llamada “Thrid Time’s The Charm”, un autentico temazo de estribillo arrebatador y que de haberse publicado en el año en curso sería un autentico crimen que no fuese todo un nº 1 en las listas de éxitos.
Por fortuna, no olvidan sus raices más rockeras y para equilibrar la balanza nos obsequian con pepinazos como “Snotgun”, “Change The World”, “Pay The Cobra” o “Detroit Breakdown”, en los que también se atreven a experimentar por momentos con los sonidos negroides. La guinda final la pone la impresionante “Beginning From The End” tema que muestra a la perfección las dos caras de la moneda: se inicia con una breve introducción jazzistica con piano para rápidamente convertirse en un temazo rockero marca de la casa con toda la banda trabajando a plena potencia para después calmarse y retomar con una parte que incluye sitar, palmas panderetas… una autentica locura.
Olvidaos de Amys Winehouses, de Duffys o de cualquier sucedáneo de estrellita de soul que pueda salir en los próximos meses… The Bellrays tienen más clase y garra que cualquiera de ellos.
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En muchas ocasiones la literatura ha servido de inspiración a la hora de crear obras conceptuales, especialmente en el metal y el heavy en particular (la cantidad de bandas de este estilo que han tomado textos de doncellas y dragones como hilo conductor para sus canciones es innumerable). Sin embargo, muchas veces se juega con caer en el ridículo llegando a hacer un flaco favor a la literatura. No es el caso de Mastodon, una de las bandas de metal contemporáneo más sólidas surgidas en esta década, que con su segundo disco tuvieron el valor de hacer un álbum conceptual sobre la novela de Herman Melville “Moby Dick”.
Como he dicho antes, una idea como esta, la de llevar una de las grandes novelas de aventura del siglo XIX a un disco de metal, bien podría ser una autentica catástrofe. Pero en el caso de los de Atlanta la historia de capitán Ahab en eterna lucha con la gran ballena blanca, cargada de una fuerza épica de proporciones tan gigantescas como el propio cetáceo, les viene ni que pintada tratándose de una banda de sonidos tan contundentes.
El inicio del disco con “Blood And Thunder”, que cuenta con unos riffs tan afilados como las puntas de las lanzas de Queequeg, el arponero, es suficiente para justificar semejante obra. Le siguen auténticos mamporros sonoros (“Island”, “Megalodon”, “Iron Tusk”) que se intercalan con instantes más envolventes pero no por ello menos furiosos, caso de “Seabeast”. Las letras al igual que la música no se andan con medias tintas (“The Fight For This Fish Is A Fight To The Death / White Whale, Holy Grail”, vociferan en el primer corte”).
Todas las sacudidas a ritmo de guitarrazos y redobles (tremenda labor de la de Brann Dailor a las baquetas) culminan con “Hearts Alive”, épica pieza de 13 minutos que representa la lucha final con la ballena. Corte que deja bien a las claras la técnica de estos muchachos, autentica labor manual al servicio de las guitarras. La calma llega con “Joseph Merrick” pieza acústica e instrumental que pone el cierre a un disco que pocas bandas podrían haber resuelto con tanta clase. Mastodóntico!
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Cuatro años hemos tenido que esperar los seguidores de Dredg para que estos diesen continuación a aquella maravilla sonora que fue “Catch Without Arms”, disco que como ya comentamos hace un tiempo por aquí, podría haber dado perfectamente un pelotazo a nivel comercial gracias a single tan perfectos y bellos como “Bug Eyes”, “Spitshine” o “Catch Without Arms”. Por desgracia, su discográfica no supo apostar por ellos con una campaña de marketing a la altura de un discazo como aquel, quedando esfumada la oportunidad de llegar al gran público.
Es quizás por ello que el combo de California decidiese con este nuevo trabajo volver de alguna manera a sus inicios más complejos y detallistas, aunque sin renunciar a perfección obsesiva por las melodías que de tercer disco. Y eso es precisamente lo que nos encontramos en “The Pariah, The Parrot, The Delusión”, que podríamos definir perfectamente como un “El Cielo” 2. Semejante planteamiento podría haber supuesto un fracaso y que sus fans más acérrimos les diesen la espalda por completo, pero Dredg están destinados a ser grandes de una manera u otra, aunque sea a nivel de culto.
Describir este disco es tarea ardua y complicada, ya que se trata de una producción con cientos de detalles y arreglos en cada tema. Pero aún así el sonido no resulta sobrecargado en ningún instante, si no que toda la música fluye de una manera natural. El disco en si parece como un puzzle enorme en que cada corte (ya sea un interludio, una instrumental o una canción en el modo más clásico del termino) tienen su sentido formando un todo perfectamente unido donde no sobra nada.
Por supuesto, el sonido Dredg sigue estando ahí; las cristalinas guitarras de Mark Engles, el suave bajo de Drew Roulette, y como no, Gavin Hayes y Dino Campanella (voz y batería respectivamente) que están impecables ejerciendo de auténticos motores de la banda, aunque todos tengan su peso importante en ella. Una vez más, estos cuatro artistazos han sido capaces de crear algunas de las composiciones más bonitas que se vayan a escuchar este año. Porque, díganme sinceramente si creen que van a encontrar en lo que queda de curso cuatro singles tan perfectos como “Ireland”, “I Don’t Know”, “Saviour” o “Information”, con una melodías tan simples y sencillas como cautivadoras a la primera escucha. A mi me resulta imposible imaginármelo.
Este álbum no se puede explicar con palabras, hay que escucharlo, sentirlo y dejarse llevar ante la belleza de la MÚSICA con mayúsculas que crean Dredg, una banda que por desgracia mucho me temo que vaya a llegar al nivel de popularidad que realmente se merecen. Por si no la había dicho todavía, hasta el momento y junto con los nuevos de Mastodon y Sou Edipo, lo mejor de lo que llevamos de año.
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Si bien es cierto que en cuanto a las listas de éxitos el rock español nunca ha gozado de gran popularidad, siempre ha habido gratas excepciones en las que una banda de rock ha estado arriba entre los que más venden. En los 90 Heroes Del Silencio eran un valor seguro tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, Dover llevaron al gran público la explosión del rock alternativo y a comienzos del nuevo milenio eran Sôber los que triunfaban a lo grande codeándose en los puestos altos de los cuarenta principales.
Sin embargo, ya hace bastante tiempo que ese lugar para el rock patrio dentro del mundo mainstream ha quedado algo vacío. Bien es cierto que el negocio de la industria musical es caprichoso y va cambiando a pasos agigantados, pero si hoy en día habría un grupo capaz de llenar ese hueco, esos serían los valencianos Uzzhuaia.
Formados en 1993, la historia del grupo es la misma que la de muchos grupos de nuestro país. Un grupo de gente que a lo largo de los años ha tenido que ir currándoselo poco a poco, a base de tocar mucho, chuparse miles de kilómetros en una furgoneta y con cada disco ir dando un paso más allá en calidad. A día de hoy pueden presumir de tener cuatro LP’s a sus espaldas de los cuales el último, “Destino Perdición”, les ha hecho confirmarse entre los grandes del panorama nacional.
El sonido de Uzzhuia se podría definir fácilmente como hard rock de toda la vida, y como influencia clara los británicos The Cult (no podría ser de otra manera siendo Valencia la ciudad española con más seguidores de la banda) Algo que se nota desde las primeras notas de “Baja California” que abre el disco convirtiéndose de inmediato en uno de los clásicos en directo de la banda. “Cuando Ya No Quede Nada” es otro pepino hard rockero convincente con el vocalista Pablo Monteagudo en un estado de forma envidiable. “Destino Perdición” y sobretodo “Nuestra Revolución” habrían sido dos singles perfectos para sonar en las radios a toda hora si alguien les hubiera dador la oportunidad. Estribillos infalibles y unas guitarras poderosas son sus señas de identidad.
Lo mejor de todo es que en las 10 canciones que aquí encontramos, no hay ninguna balada ni tan siquiera un medio tiempo, lo que lo hace un trabajo directo y que entra muy bien. Solo en “Carnaval” se atreven a probar otros caminos con excelentes resultados. Y por si fuera poco, se permiten el lujo de terminar con un temazo matador como es “Desde Septiembre” donde narran las aventuras y desventuras de un grupo de rock cualquiera.
De seguir semejante trayectoria ascendente, quien sabe a donde podrían llegar estos chicos. Lástima que ya no haya lugar para el rock con mayúsculas en las listas de éxitos, pero con formaciones tan sólidas como Uzzhuia que nos regalen discazos como este “Destino Perdición” poco importará lo que suene en las radios.
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